Hacia 1950, cuando yo era niño, al recorrer la calle de San Antonio recuerdo que enfrente de la Casa de Damasín y Gloria, en lo que era número 34, había una casa deshabitada, rara, con aspecto de abandono. Un pasadizo o porche daba acceso a un pequeño patio interior de donde una escalera ascendía a la primera planta, justo encima mismo del pasadizo.
Se decía que aquella había sido la casa de un forastero extraño que recorría el monte, la rambla, los campos, los huertos… cazando o buscando algo con que vivir, motivo por el que no era del agrado de algunos. A veces marchaba de viaje a Madrid donde tenía familia, pero solía decirlo a los más cercanos, quienes le ayudaban con alguna dádiva para el viaje. Lo cierto es que a partir de una fecha determinada desapareció sin dejar rastro y no se supo más de él. No faltaban conjeturas: se habrá despeñado por la Rambla, algún percance o muerte repentina le ha podido dejar tirado en cualquier lugar… También se decía que alguien lo pudo hacer desaparecer, molesto por merodear terrenos o lugares ajenos; incluso, muy por lo bajo y sin fundamento, daban el nombre de algún sospechoso. En una época donde los pastores, leñadores, carboneros, cazadores u otras gentes recorrían el monte, lomas, barrancos y lugares recónditos, era raro que no hubiera aparecido ningún vestigio de esta persona, lo que inducía a algunos a pensar en algún final trágico.
En años recientes, tuve curiosidad por indagar y buscar documentación sobre el personaje en cuestión. Pregunté a los más veteranos qué recordaban o qué habían oído contar; confirmaban que en efecto era alguien de fuera, poco relacionado y misterioso llamado Severiano; que se casó en el pueblo y tuvo una niña pero al poco murió su mujer; que estuvo de criado y pastor a temporadas para la familia de Simón Vicente, dueño de la casa donde se alojaba en la mencionada calle de San Antonio; que su desaparición infundió sospechas. Incluso alguien fue más lejos y suponía que pudo ser un maqui o terrorista.
Buscando en archivos encontré actas de nacimiento, bautismo, defunción, matrimonio con las que recomponer algo de la vida de Severiano, su esposa Catalina y la hija de ambos de nombre Manuela Mora Aranda. Una historia de penalidades, marginación, pobreza y desgracias, bastante descriptiva de la sociedad española de esos años mil novecientos treinta y cuarenta. Por fortuna también he podido comunicarme en un par de ocasiones con Gemma Mora Cuesta, nieta de Severiano, que me ha facilitado otras informaciones para completar el relato que sigue.
Hacia 1995, Manuela con su hija Gemma y el marido de ésta visitaron Torralba impulsadas por saber más de sus padres Severiano y Catalina. La emoción de Manuela de encontrarse con el escenario de su niñez hizo que les condujera sin dudar hasta la casa de la calle San Antonio, número 34, donde pasó los primeros años y jugó con otras niñas, posiblemente con Valera. Luego, acompañadas por Consolación Ballestín también visitaron la Iglesia y dieron una vuelta al pueblo.
En Septiembre de 2018 de nuevo visitaron Torralba. En este caso Manuela iba acompañada de su hija Gemma y una nieta. Seguían deseosas de saber algo más de sus raíces familiares y encontrar la tumba de Catalina. Fueron atendidas de nuevo en casa de Consolación, donde explicaron el motivo de su visita y dejaron un teléfono de contacto. Con emoción contenida, se llegaron también al cementerio del Navajo del Herrero pero no pudieron identificar la sepultura de su madre y abuela, que sin duda es una de las abandonadas.
A partir de documentación, hemos conocido que Severiano Mora Salvador, fue hijo de Sebastián y Feliciana, nacido hacia 1895 en un pueblo de la provincia de Guadalajara, llamado Utande que dista de Torralba unos 140 km. Es muy probable que llegara aquí en los años treinta como segador, jornalero o pastor.
A los 38 años, un 26 Junio de1933, se casó con Catalina Aranda, de 27 años e hija de una viuda, llamada Juana Aranda Pardos, y de padre desconocido. Catalina era hermana de Florentín Aranda, el padre de Telesfora, y sobrina de Mamerto Aranda Pardos. De ahí el parentesco con los “Mamertos”. El matrimonio se celebró en la parroquia Nuestra Señora la Blanca de Torralba y ofició el párroco D. José María Vázquez.
A los tres años de matrimonio, Severiano y Catalina tuvieron su hija única de nombre Manuela, nacida el 29 de Julio de 1936, cuando ya sus padres estaban domiciliados en la calle San Antonio, número 34. Fue bautizada en la fiesta de la Asunción por el cura de Cimballa, D. Fructuoso Cuenca, e hizo de madrina su abuela materna Juana. Estamos en los inicios convulsos de la Guerra Civil que originó un gran bloqueo de las comunicaciones.
Los crudos inviernos de Torralba y los escasos medios de la familia hicieron mella en Catalina que se vio afectada por una grave bronconeumonía. Era Febrero de 1938, no se disponía de los cuidados médicos ni de los remedios actuales, de modo que la salud de Catalina se agravó hasta fallecer el 13 de febrero, con sólo treinta y dos años, dejando huérfana a la pequeña Manuela de sólo año y medio. El cuadro familiar tan deplorable movió la compasión y solidaridad de personas cercanas a la difunta, entre otras la familia de Jesús Baquedano, que cuidaron de la niña una larga temporada. Valera Vicente, algo mayor que la hija de Severiano, recuerda haber jugado con ella en su infancia. Ya acabada la Guerra Civil, cuando Manuela tenía cinco años su padre optó por llevarla con su familia de Madrid. Allí crecía y se educaba bajo la tutela de su tía Gregoria, hermana de Severiano, y alguna vez recibió la visita de su padre. Pero a partir de una fecha no volvió a verlo ni supieron de él. Aunque sí conservaban una fotografía de sus padres.
Manuela siguió creciendo y formándose en el Madrid de la postguerra, tiempos de escasez y racionamiento, hasta que a los 18 años entró a trabajar como auxiliar administrativo en la farmacéutica Rovi. Allí permaneció diez años antes de casarse en 1964, justo el mismo día que cumplía 28 años. Algo muy especial sentiría ese día la tía Gregoria, alias “Gloria”, testigo de luchas y horas grises. De sus orígenes sólo sabía que su lugar de nacimiento era Torralba de los Frailes, que su madre Catalina murió muy joven y su padre Severiano no había vuelto a verlas. No es de extrañar que con el tiempo soñara volver al pueblo de su infancia y saber más, como luego veremos.
Pero Severiano continuó en Torralba tratando de ganarse la vida y el pan de cada día con algún que otro jornal de temporada. Algunos le recuerdan cuidando ovejas y el ganado bovino de las hoces o en otros trabajos vinculados a Simón Vicente. Dicen que mantenía poca relación con las gentes del pueblo y se movía solitario por el monte y las ramblas. Así era la vida de los pastores. Alguien afirma que vivía tan pobre que no tenía para comer, y por ello se le veía a veces por los huertos y por la Fuente de la Teja buscando algún alimento.
Uno de los niños de entonces recuerda una coplilla que maliciosamente le cantaba a Severiano, con picardía y mala intención, un treintañero de la ronda:
“La mujer de Severiano se llamaba Catalina.
Y si no se hubiera muerto a estas horas viviría.”
La vida de Severiano debió ser un calvario por las penalidades, la pobreza, el hambre y la hostilidad de algunas personas; pero también compensada por la otra cara de la moneda: quienes le tendieron la mano, acogieron a su hija y le trataron con el respeto que merece la dignidad de toda persona.
Un día desapareció sin dejar rastro, sin dejar ningún mensaje de despedida. Nadie supo más de él; tampoco sus hermanas de Madrid y Valencia. Pero seguro que en el pensamiento de Severiano estaba muy presente Manuela, la niña de corta edad que le sonreía y le esperaba en Madrid, y que muchos años después volvería a Torralba, acompañada de su hija Gemma, para saber de él. Las gentes de Torralba hicieron sus cábalas sobre el final de Severiano y su recuerdo apenas permanece difuso y “de oídas” entre los más viejos del lugar.
Descanse en paz Severiano, uno de tantos anónimos y olvidados. Y sirvan estas líneas para honrarle.
Ayer supe que Manuela acabó su carrera en este mundo el 29 de Febrero último en Madrid a causa de un mieloma múltiple, a los 87 años, atendida por Gemma. Por desgracia había perdido ya la cabeza hace años y no pudo aportarnos sus recuerdos de infancia ni conocer estas informaciones de sus padres Severiano y Catalina. Seguro que “ahí a la vuelta de la esquina”, en los cielos, habrá recibido de sus padres algo más que la fría información de estas líneas.
David Aranda Rillo.
Torralba de los Frailes, 28 de Junio de 2024.
Fotos: Manuela de corta edad; en Primera comunión con su tía; con la tía Gregoria el día de su boda 1964; y de Manuela de joven.


