Un conflicto fronterizo cerca del Atalaya.

Teodomiro y Ángel eran dos pastores de Torralba de los Frailes que coincidían con sus respectivos rebaños, casi a diario, allá por el año 1967. Aunque Teodomiro, tercer hijo de Julio, era 27 años mayor que Ángel, habían fraguado amistad, pues casi a diario coincidían en el largo recorrido de hora y media a pie de regreso a sus casas, ya atardecido. Pero no solamente eso; también durante la jornada, en el deambular con sus rebaños por aquellas soledades trataban de verse para conversar mientras pacían y se movían sus ovejas por las lomas al son de sus esquilas y cencerros. Sus equipajes se reducían a unas alforjas o sencillamente un zurrón o morral al hombro donde llevaban una cantimplora para el agua, un saquillo con pan y alguna tajada y, en el caso de Teodomiro, una bota de vino. A los dos les encantaba contarse historias y sucesos de pastores, y comentar las novedades de la gente del pueblo. Así había surgido esa buena sintonía entre ellos.

Desde sus parideras o corrales de La Nava se iban desplazando lentamente con los rebaños hacia el entorno de la Rambla del río Piedra y las estribaciones del monte Atalaya, zona fronteriza entre Aragón y Castilla. De esta parte el término municipal de Torralba y de la otra el de Embid de Molina.

Bien conocían los pastores por dónde pasaban las líneas divisorias que no podían rebasar con las ovejas, so riesgo de conflictos de derechos.

Sucedió que cierto día, estando juntos y entretenidos en amigable charla en la zona próxima al monte Atalaya, sintieron no lejos el tintineo de unos cencerros ajenos que delataban la presencia en aquellas inmediaciones de otro rebaño no conocido. No dudaron que podía ser un rebaño foráneo y entrometido desde Castilla que pastaba donde no le correspondía. Había que identificarlo rápidamente y, si así era, denunciarlo. Teodomiro, como era veterano, reaccionó con celeridad y ambos pastores se movieron con sus ovejas hacia la zona por donde estaban las reses del desconocido. Iba Teodomiro tan indignado y presuroso que le salía saliva como espuma entre la comisura de los labios. Al fin le vieron; era un desconocido, supuestamente de Embid. Llegados cerca de él, le increpó Teodomiro:

  • ¡Eh! ¿Quién es usted? ¿Cómo se llama?
  • Soy Inocente, de Embid, respondió el forastero.

A lo que Ángel replicó rápido:

  • ¿Inocente? ¡No!, ¡culpable!

Pero Ángel quedó desconcertado viendo cómo Teodomiro sacaba su bota de vino y la ofrecía al extraño.

  • Es que este se llama Inocente, es pastor de Embid, amigo de mi padre, le explicó Teodomiro.

Ángel quedó desarmado. Pero el conflicto quedó resuelto y sellado amigablemente con un trago de vino y palabras cordiales entre pastores fronterizos.

Es llamativo cómo pueden cambiar las relaciones humanas cuando reconocemos en el otro, aunque sea desconocido, no un competidor sino alguien próximo, de nuestra familia, parte de nosotros mismos; cuando dejamos caer las barreras de los prejuicios ideológicos, culturales, incluso religiosos, que nos alejan e impiden descubrir lo mucho y valioso que compartimos y nos une. Entonces, las posibles condenas, culpas y bandos se diluyen.

Ocasión para plantearnos nuestra visión de la realidad. ¿Vemos?, o andamos medio ciegos.

Torralba de los Frailes, 2 de Julio de 2024.

David Aranda Rillo.