Cementerios de Torralba de los Frailes.

A veces nos hemos preguntado por ese cementerio que está junto a la iglesia pero tan aislado que casi se hace invisible a quienes llegan al pueblo. ¿Será muy antiguo? ¿Quién está sepultado ahí? ¿Se puede visitar? Algunos más curiosos dicen haber leído desde la verja alguna de las inscripciones, nada fácil por la vegetación que oculta los enterramientos.

Y siguen las preguntas: ¿Hasta cuándo estuvo abierto y en servicio ese camposanto? ¿Por qué se trasladó a un lugar alejado del pueblo? ¿De qué año es el actual cementerio del Navajo del Herrero? ¿Quiénes lo inauguraron?

Para responder a esas curiosidades se puede acudir a los veteranos del pueblo que saben por lo que han vivido y por lo que han oído contar de sus antepasados. Esas informaciones, a veces certeras y a veces imprecisas, se pueden comprobar y completar revisando papeles de archivos, en este caso actas de defunción del Ayuntamiento y de la Parroquia.

Cementerio antiguo junto a la Iglesia.

El cementerio antiguo de Torralba, adosado a la misma Iglesia por el Norte y el Oeste, guarda entre sus muros los restos venerables de muchas generaciones de antepasados nuestros, quizás desde el siglo XII hasta 1929. Ya nadie de los actuales habitantes ha conocido a los últimos enterrados en dicho cementerio, aunque la tradición oral haya mantenido algunos de sus nombres. Sólo recurriendo a los
archivos civil y eclesiástico podemos saber algo más para identificarles en algunas tumbas que conservan placas o cruces con inscripciones envueltas entre maleza. Y aunque el paso del tiempo y lo inaccesible del lugar siguen contribuyendo al olvido, no por ello dejan de merecer una consideración.

La vecindad del cementerio con el edificio de la iglesia tiene su explicación en la religiosidad de tiempos pasados y su sentido de lo sagrado. Se deseaba que los enterramientos estuvieran próximos a lugares de culto para mantener el recuerdo de sus difuntos y hacerles beneficiarios de sus oraciones. Y si el difunto era eclesiástico o benefactor se le distinguía con sepultura en iglesias, monasterios, conventos o claustros. Hay constancia en actas de defunción, de enterramientos de algunos clérigos en el interior de la iglesia parroquial de Torralba, por ejemplo mosén Pedro Tajada el 9 de diciembre de 1798. Y es probable que el Blasico de la Cruz del Montecillo también se inhumara en el suelo de la Iglesia antes de esa fecha.

Las leyendas que nos contaban de pequeños sobre las benditas ánimas de los difuntos han contribuido a ese halo de misterio y temor reverente. Además de ese sagrado respeto que siempre infunden los difuntos, lo cierto es que ese antiguo cementerio de Torralba permanece muy cerrado e inaccesible desde hace casi un siglo, aun estando tan dentro del pueblo. Desde la verja metálica que cierra el recinto, ya ni se distinguen las cruces sobre tumbas en tierra, pues la maleza y las yerbas casi ocultan todo.

Es hoy el interior de «la vuelta a las torres».

De oídas, atestiguan algunos que los últimos enterrados en ese cementerio fueron Ramón López Aranda, abuelo de Silvina y Adolfo, y Pedro Barra López, abuelo de Alfredo; y que era el año 1929. Y aciertan en los nombres y en la fecha.

En el pasado, los cementerios estaban bajo la tutela eclesiástica y, según el Derecho Canónico de 1917 y las costumbres de aquellos tiempos, podían negar enterramiento en lugar sagrado a algunas personas tales como: apóstatas, integrantes de sectas heréticas o cismáticas, masones y similares, excomulgados, suicidas, duelistas, los que hicieran quemar su cadáver, y pecadores públicos, a no ser que hubieran dado alguna señal de arrepentimiento. De ahí que en poblaciones importantes hubiera otros espacios, separados por una pared, para esos difuntos. En el caso de Torralba, tapia con tapia del nuevo cementerio del Navajo del Herrero, estaba el llamado cementerio de niños no bautizados. Actualmente llama la atención y extraña, pero eso es lo que se decía al considerar que la ausencia del bautismo cristiano les retenía de disfrutar de Dios en el cielo.

Las cosas cambian en tiempos de la II República que modifica hacia 1931 esa exclusiva eclesiástica de los camposantos, dando origen a los cementerios municipales. Se intenta disponer de un recinto inclusivo, eliminando las tapias separadoras por motivos religiosos o de otra índole.

Cementerio nuevo en Navajo del Herrero.

Probablemente se planteó el traslado de los cementerios a lugares más alejados de la población a raíz de la pandemia de 1919 y por iniciativa gubernamental.

Según Silvestre Gálvez, el nuevo cementerio es de 1929 y se estrenó entre San Juan (24 de Junio) y San Pedro (29 de Junio) de ese año, siendo el padre de Arturo Barra el último enterrado en el viejo, mientras que Segundo Aranda Tajada, padre de Alejandro “El Señorito”, y un hombre de Bello, muerto en accidente, ya fueron enterrados en el nuevo.

Ese nuevo camposanto municipal del Navajo del Herrero, distante poco más de un kilómetro del pueblo, tenía una zona aparte destinada a niños que morían sin bautizar, y otra, también separada, para cementerio civil. Ahí parece que se enterró a Luís Casimiro Tardío, natural de Atea y agostero en Aldehuela que fue asesinado el 23 de Agosto de 1936, por un grupo de fanáticos falangistas de un lugar cercano, según se decía.

Al ampliarse este camposanto hacia 1957, se integró todo en un único cementerio. La parte antigua del cementerio es la más alejada del pueblo, a derecha según se entra. Y la parte nueva es la que queda a izquierda, más próxima al pueblo.

Tras consulta al archivo eclesiástico del arciprestazgo en Daroca para confirmar los últimos entierros del cementerio viejo y los primeros en el nuevo, se recibe esta información.

Localizados los fallecimientos que me pide no hay explicación ninguna de que fuesen en distintos cementerios. Están en el mismo tipo de hojas impresas, salvo los datos del finado, que están escritos a mano.

  • Ramón López Aranda falleció el 7 de enero de 1929
  • Pedro Barra López falleció el 20 de abril de 1929
  • Segundo Aranda Tejada falleció el 18 de julio de 1929
  • Fermín Menades Collados falleció el 19 de agosto de 1929 (Éste era de Bello. El resto de Torralba).

Esta información corrobora lo dicho por Silvestre: el antiguo camposanto quedó clausurado en la primavera de 1929 y el nuevo se estrenó en el verano de ese mismo año con el enterramiento de Segundo Aranda Tajada de la familia de los Inesos y primer marido de Salomé Pardos.

¿Un parque o zona recreativa en el antiguo cementerio?

Por las mentes de algunos del pueblo ha surgido interés por saber qué se podría hacer en esos espacios de ese antiguo camposanto.

Hay quienes verían acertado trasladar los restos de los difuntos a un mausoleo en el actual cementerio y destinar el espacio liberado a un parque público. Supondría gestiones ante las autoridades civiles y eclesiásticas en un proceso quizás largo.

Otros dudan que sea acertado embarcarse en esa propuesta a causa del progresivo despoblamiento del lugar y el futuro incierto.

David Aranda Rillo, 12 de Junio de 2024