Los apuros de un pastorcico en Torralba de los Frailes.

Nos situamos hacia al año 1966. Eran los inicios de la primavera en torno a la fiesta de San José, tiempo en que las ovejas crían sus corderillos. En la zona de la Solana de las Cabezas, más allá del Navajo del Cerro, pastoreaba por entonces un angelical zagalico de trece años al que llamaremos Gabriel. Eran las borregas que le había encomendado su padre para iniciarse como pastor. Gabriel era principiante en esos menesteres pastoriles, pues no hacía más que unos meses había dejado la escuela de D. Alejandro.

Muy temprano, había salido de casa con el morral al hombro y un tapabocas al cuello, camino de la paidera de El Callejón donde guardaba sus ovejas, a más de una hora de camino desde el pueblo. Ese día iba él solo, sin la compañía habitual de su padre que colaboraba en el cuidado de los corderos. Dejó atrás el pueblo, remontó el Collado y enfiló hacia el Pozo de la Yunta y La Mata mientras contemplaba el verdear de los sembrados y la salida del sol. Más rápidas se movían las nubes, empujadas por un fuerte viento que también levantaba el polvo del camino.

Apenas se acercó al establo, se oyeron los balidos de ovejas y corderillos, impacientes por abandonar su encierro y salir a pastar por los yermos del entorno. Y así lo hicieron en cuanto el pastor abrió la puerta y dio unas voces. Guiadas por Gabriel, las borregas avanzaron por los yermos hasta remansarse en las laderas cercanas. Mientras el hatajo de reses mordisqueaba los yerbajos, nuestro pastorcillo se deleitaba contemplando los paisajes y el entorno más próximo de El Callejón, El Pico, La Mata, el Cerro de la Cruz y Los Hoyos con sus barrancos que caen hacia las Covachuelas y el Pilaral; más alejado en el horizonte se erguía el cerro de La Atalaya y Cabeza de los Ladrones que limitan con Castilla. De vez en cuando, echaba un vistazo al pequeño rebaño que se desplazaba lentamente. Y, si era preciso, no dudaba en lanzar una certera piedra para advertir a la oveja díscola que se adentraba en terreno prohibido.

En el morral al hombro, junto con la cantimplora, no faltaba la navaja, un trozo de pan, y la fiambrera con unas tajadillas de tocino, un trozo de longaniza y dos fardeles que le había preparado su madre bien de mañana, antes de despedirlo. Y, mientras se entretenía con la navaja marcando señales y dibujos sobre su vara de fresno, vislumbró cerca, detrás de una loma, otro rebaño más numeroso conducido por un mozo robusto, de la familia de los Inesos, que se dirigía al navajo para dar de beber a su rebaño.

Ya próximo, reconoció que el pastor en cuestión era Teodomiro, mozo treintañero que vivía en su misma calle.

-¡Eh!, zagal, Gabriel ¡Qué haces por ahí!

– ¡Hola!, pero si eres mi vecino Teodomiro, el del tio Julio y la Salomé. ¡No te había reconocido!

Mientras las ovejas seguían su marcha al son de la orquesta de cencerros y esquilas, ambos pastores, enfundados para protegerse del viento, se sentaron en un ribazo y entablaron amistosa charla comentando el tiempo algo revuelto y las últimas noticias del pueblo. Luego, echaron mano a sus zurrones, abrieron sus saquillos y fiambreras y, sin prisas, dieron cuenta de unas tajadas de tocino y magra, reservadas para el almuerzo.

Entre tanto, el tiempo ventoso empujaba al rebaño a desplazarse con más ligereza.

En un momento dado, el pastorcillo se da cuenta que sus ovejas han desparecido de la vista. Se inquieta, nervioso, y se apresura a localizarlas entre aquellas laderas. Se mueve, subiendo y bajando terrenos muy escarpados e irregulares sin dar con sus ovejas. Con respiración acelerada recorre y llega hasta el pie de la Atalaya, lindante con Castilla, sin encontrar su rebaño. Por más que da voces y aplica su oído sobre el ruido del fuerte viento, no percibe ningún cencerro ni ve rastros de sus ovejas.

Pasan las horas, apurado por la embarazosa situación, sigue recorriendo otros terrenos y aplicando su oído, pero en vano.

Cansado y desanimado, decide regresar al punto de partida antes de que empiece a atardecer. Y tiene la suerte de tropezar con Norberto Pardos, un pastor veterano y experto en esos menesteres, que va acompañado por su suegro Policarpo. Rápidamente les pone al corriente de sus desdichas.

El bueno de Norberto se compadece de los apuros del novato pastorcito y sale en búsqueda del rebaño extraviado. Ya casi oscureciendo, lo encuentra por el Monte Fernando y lo reconduce hasta su cuidador cuando ya anochece. Emocionado y agradecido por el buen hacer de Norberto, Gabriel empuja su rebaño hacia la paidera cuando ya es de noche.

Por el camino de vuelta a casa, va rumiando los acontecimientos del día y dando gracias a Dios y a Norberto por haber superado una situación tan penosa e inesperada. Piensa que sus padres estarán preocupados por la tardanza. ¿Qué les contará? Al llegar al Collado, ve enfrente el pueblo iluminado por unas tenues bombillas repartidas en las esquinas de las calles y se tranquiliza. Son las 11 de la noche de un día tan intenso que olvidó tomarse los fardeles.

Gabriel era algo inexperto con la ovejas pero no tenía nada de tonto, y, para evitar que le riñeran por sus descuidos y por la tardanza en volver a casa, se inventó una convincente escusa: que una oveja se puso a parir dos corderitos a última hora y hubo que atenderla. De modo que hubo un final más feliz de lo esperado: su padre le felicitó por ese gesto de responsabilidad y su madre, orgullosa de su Gabriel, le sirvió la cena, incluyendo los fardeles pasados por la sartén.

David Aranda Rillo, Valencia, 27/01/2024.