Tengo recuerdo en mi infancia de los colores violáceos de las flores de azafrán que llenaban los cestos de caña y mimbre, tan resistentes y usados en épocas pasadas. También de los montones de sus menudas cebollas revestidas de capas marrones que había que seleccionar y limpiar. Incluso de alguna amena velada en la que mayores y pequeños, además de comentar las comidillas del pueblo, nos ocupábamos en extraer manualmente y con cuidado los tres filamentos rojizos, tan apreciados como endebles, de cada flor de azafrán.
Las tierras destinadas al cultivo del azafrán eran pequeñas parcelas, muy escasas en comparación con la superficie destinada a cereales y leguminosas, pues era un cultivo laborioso y exigente en cuidados y tareas. Más extensiones se cultivaban en pueblos próximos como Gallocanta, Bello y la zona del Alto Jiloca.
Con el paso de los años han cambiado tantas cosas que este cultivo ha desaparecido por completo de Torralba de los Frailes, a pesar de lo propicio de su clima de temperaturas extremas y de los terrenos sueltos y calizos como los de La Loma, El Piajero o La Butrera.
El azafrán es una planta bulbosa de ciclo anual propia de climas extremos pues aguanta muy bien fríos y calores. Florece en otoño y seguidamente echa hojas finas y largas, de 10 a 20 cm, de color verde oscuro que se mantienen hasta que se secan en primavera. No da fruto ni semillas pero sus bulbos originan otros dos o tres nuevos cada año; es el modo de reproducirse.
Su flor, llamada rosa (la “Rosa del Azafrán” de la popular zarzuela) aparece de madrugada y se mantiene dos o tres días. Tiene seis pétalos violáceos que encierran tres pistilos amarillos y tres delicados y largos estigmas o filamentos de color rojo intenso que son las hebras o briznas tan valoradas del azafrán.
Su cultivo implicaba varias tareas a lo largo del año y ocupaba muchas manos en algunos momentos del proceso, pero también era fuente de ingresos. La mayoría de las familias tenían al menos un corro de este cultivo; su cuidado en el campo, la recolección y las tareas ya realizadas en casa, como esbrinar y esfarfollar, solían ser gestionadas por mujeres.
La plantación de las cebollas o bulbos se hacía entre junio y septiembre en cuanto había tempero: sobre un primer surco del arado se echaba la cebolla y con otro surco quedaba enterrada. El primer año tras la plantación apenas producía rosa. En primavera y otoño se cavaba o estabillaba la tierra superficialmente con azadilla o legona, sin dañar los bulbos. Tras 4 o 5 años de producción, era necesario extraer los bulbos y seleccionarlos para una nueva plantación.
Un enemigo de la plantación de azafrán eran los ratones de campo a quienes apetecían las cebollitas enterradas; haciendo túneles llegaban a los bulbos y se daban un banquete. La aparición de tolvas-toperas en superficie era señal de la presencia de esos roedores y urgía combatirles inyectando humo en los caños hasta asfixiarles. Para producir el humo se empleaban unos recipientes metálicos o pucheros viejos donde se quemaba paja, leña, o goma de alpargata y algo de azufre. Con un fuelle a través de un agujero del puchero se activaba la producción del humo para que penetrara en las ratoneras. El humo y especialmente el veneno del anhídrido sulfuroso los dejaba tiesos. Actualmente ¿estaría penalizado acabar con los ratoncillos?
La floración de color morado se daba en los meses de octubre y noviembre, momento en que se recogían a mano las rosas en cestos y a horas muy tempranas; mejor antes de salir el sol para que la rosa estuviera aún cerrada (“acapullada”) en óptimas condiciones de conservación y para evitar la presencia de abejas. Ya en las casas se extendían las rosas sobre un tablero y se procedía a esbrinar o desbriznar, es decir, separar los tres hilos largos o estigmas rojos de cada flor que forman el azafrán propiamente dicho. Posteriormente, extendido sobre un cernero o una bandeja, se dejaban secar al sol o al calor del hogar hasta perder la humedad.
Hoy diríamos que era un “trabajo de chinos” pues por su levedad, se necesitan alrededor de 130.000 flores para formar un kilo de azafrán. Pero era apreciadísimo como condimento y por sus aplicaciones medicinales. De ahí que se pagara muy bien, aunque su precio oscilara mucho según el momento y la procedencia. Hoy en día, año 2024, un kilo reportaría entre 5.000 y 10.000 euros. He oído que con su cultivo y un poco más, alguien del pueblo, vendiendo en momento favorable, llegó a comprar un tractor y un coche.
Hacia el mes de abril, al secarse las hojas o cerdas de la planta, era momento para extraer las cebollas y hacer una selección: las viejas y de mala calidad se desechaban para el ganado; las demás, una vez despojadas de su envoltura seca o farfolla, se conservaban cuidadosamente para una nueva plantación en un terreno distinto. Esa tarea de selección y limpieza de los bulbos es lo que se denominaba esfarfollar. Al igual que el trabajo de esbrinar, llevaba muchas horas y ocupaba a toda la familia, y a veces a amigos y vecinos.
Como anécdota relacionada, me aportan una letrilla de jota de las esbriznadoras de Cella que con cierta guasa dice:
El que tenga una viña, cerca del azafrán
no necesita cesta para vendimiar,
que las esbriznadoras, cuando al campo van,
de racimo a racimo las vendimiarán
Se me ocurre que este cultivo del azafrán no deja de ser un símil del cultivo y dedicación que merece la propia vida, y de los cuidados que necesitamos para crecer, desarrollar lo mejor de nosotros y llegar a aportar a nuestro entorno las flores de bellos colores y el aroma del mejor azafrán para los que estamos hechos. Puede ser que en alguna ocasión sentimos que nuestro entusiasmo, nuestras aspiraciones y proyectos se quedan agotados como los viejos bulbos o los están corroyendo los ratones del pesimismo, la amargura, la frustración y demás heridas de la vida. El error sería cruzarnos de brazos y sentarnos a orillas de nuestro corro de azafrán a lamentar nuestra mala suerte, lo malos que son los ratones y lo descuidado que está el campo del vecino.
Puesto que somos valiosos y únicos, siempre está a nuestro alcance reorientar nuestros caminos, detenernos a escuchar los latidos de la vida y tomarnos el pulso; abrir los ojos, pararnos a evaluar y reconocer los errores…, pero seguidamente meter fuego y caña al puchero, rescatar las mejores cebollas de nuestro ser y ponerlas en tierra nueva, regándolas diariamente con el tempero de la consciencia, seguros de alcanzar una nueva floración.
Dentro de nosotros mismos podemos encontrar los recursos y la energía para hacer que cada madrugada broten las mejores rosas de azafrán, sea otoño de la vejez o primavera de juventud, sin olvidar que siempre hemos de convivir con algunos ratoncitos.
¡Ojalá disfruten tus vecinos de la belleza de las flores y del aroma de las briznas rojizas de tu corro de azafrán!
David Aranda Rillo,
Torralba de los Frailes, 3 de agosto de 2024

